By Guest on Wednesday, 27 October 2010
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Tourism and hegemony

Dear friends, this is my first post in Ecoclub. 

Unfortunately I am a native spanish speaker and most of my production is made in spanish (although I do not have lots of it!). I am currently studying a PhD degree that is quite demanding, but in the other side, also very interesting. 

This time I'll share with you a text that I produced a few weeks ago and is related toTourism and Hegemony. 

In South America, the place where I "live" ecotourism (should I say "where I TRY to live and develop it?), there is a large debate over  subjects such as sustainability, ecotourism or development: is it really helping people to ammeliorate their income or way of life? 

The answer is not easy: sometimes it does, some others it doesn't. But in the end, who decides whereas tourism should be put into practice in rural areas? Do locals really have the opportunity to decide if they want to develop tourism? Here's the debate! Hope you enjoy it... any comment is very welcome. 

TURISMO Y HEGEMONIA

 

Nos parecemos a los conquistadores y somos diferentes de ellos: su ejemplo es instructivo, pero nunca estaremos seguros de que al no comportarnos como ellos, no estamos precisamente imitándolos, puesto que nos adaptamos a las nuevas circunstancias. 

Tzvetan Todorov,

La conquista de América (2007:264)

 

Introducción

Si pudiéramos pensar en el turismo como una derivación del viaje, así, en extenso, nos encontraríamos que desplazamiento y ocio se acompañan desde las luces de los tiempos. El hombre viaja por muchas razones, por muchos sitios; en ocasiones por necesidad, otras por obligación y con frecuencia por curiosidad: la migración, el desplazamiento, la peregrinación y el exilio forman parte de acciones comunes en el hombre.

  James Clifford (1999), en su libro Itinerarios transculturales, sugiere que el constructo antropológico par excellence: la aldea, el lugar en que se desenvuelve una cultura impoluta, prístina y con límites bien delimitados, donde el etnógrafo permanece un tiempo para estudiar al grupo humano local, ha sido desmitificado: “todos están en movimiento, y eso ha ocurrido durante siglos” (1999:12). De esta forma, la premisa de espacios estáticos con mínimos contactos con el exterior es trocada por una en la que el viaje y el intercambio tienen gran importancia en la creación de cultura.

  Las ideas de movilidad y transculturalidad, también desarrolladas por Appadurai (2001), Cohen (1984) o Lash y Urry (1998) me parecen muy interesantes para hacer un análisis de una situación debatida en espacios rurales: ¿es el turismo una imposición de la hegemonía dominante? En este texto comenzaré por delinear las fuerzas que desde el espectro global impulsan esta actividad y buscaré seguir su trazo hasta el espacio rural, en donde entran en un proceso de debate por su apropiación o contestación, mostrando que su evolución es compleja, no lineal y de frecuentes retrocesos.

  Me parece importante aclarar dos aspectos: si bien pienso que el turismo se integra al concepto de viaje, no lo considero su sinónimo, pues este último abarca una amplia serie de términos que, aunque la Organización Mundial de Turismo los reúna bajo el mismo concepto, me parecen imposibles de equiparar por sus características inherentes[1]. Para este texto, el turismo consiste de actividades que se realizan fuera del lugar habitual de residencia, incluyen al menos un pernocte y cuya motivación de origen es el ocio, más allá que éste se convierta, en el sitio de visita elegido, en actividades culturales, deportivas o sociales resultantes del uso del tiempo libre.

  Si bien ocio y desplazamiento son viejos conocidos, me interesa analizar el turismo como actividad económica que, como menciona Dennison Nash (1981) surge en el momento en que las sociedades industriales capitalistas modernas reconocen el pago de vacaciones y ciertas prestaciones laborales, posibilitando así el turismo de masas a grupos no pertenecientes a las élites –en el caso europeo o de los Estados Unidos de Norteamérica- y del que Thomas Cook fue uno de los iniciadores en 1841[2].

  En segunda instancia, me refiero aquí al turismo en espacios rurales. Si bien considero que el análisis puede tener relación con zonas urbanas, mi interés tiene más cercanía con lo que John C. Scott denomina “la clásica contradicción ideológica de la transición hacia formas de producción más capitalistas” (1985:311) de estos sitios, idea con la que concuerdo por considerar que a pesar del creciente intercambio ciudad-campo, en el espacio rural existe –cuan más alejado de los grandes centros urbanos, más notorio-, menor interés por la acumulación económica y el consumismo, pues se aprovechan productos propios y se intercambian bienes con menor uso del papel moneda. 

Globalización y hegemonía.

Vivimos dixit Lash y Urry (1998), Appadurai, (2001) y muchos otros, un proceso de globalización irreversible que se debe a la compactación del espacio y del tiempo: el sitio al que antes nos tomaba días llegar y representaba una excursión terrestre o marítima, hoy nos toma horas en relativa comodidad y monotonía aérea; el mensaje que hace unos lustros pasaba por un proceso de escritura, ensobretado, depósito en buzón, trillado, envío, distribución, re-distribución, desensobretado y lectura –y tomaba al menos un par de semanas- toma hoy segundos y se lee en un dispositivo digital.

  Aunque desde mi punto de vista esta “globalización” no se origina a partir “de la modernidad” como dicen algunos –o del descubrimiento de América, como apuntan otros-, sino que es el resultado del constante expansionismo inherente a toda gran civilización[3] y comienza en la edad antigua, coincido no obstante, que el incremento de los medios de comunicación y la innovación tecnológica ha facilitado que este avance y penetración llegue hoy a sitios remotos e insospechados. 

  Aunque no es mi intención igualar los espacios rurales latinoamericanos y la colonización del África, me llama la atención que al estudiar la colonización del sur de África, Comaroff y Comaroff encuentren

“...muchos paralelismos con [sucesos del] mundo contemporáneo, por emanar de fuerzas eurocéntricas -mercantilismo, cristiandad, civilización-. [...] Fuerzas que ha[n] alterado a todas las personas y a todo lo que estaba involucrado en ello [...] donde quiera que llegaron, esas fuerzas se mezclaron con historias locales. [...] El objetivo final de los colonizadores ha sido la colonización de la conciencia con los axiomas y estética de la cultura extranjera” (1997:4-6).

  La colonización, explican, no se trató sólo de acciones, sino también de símbolos: el análisis de las misiones colonizadoras religiosas es interesante porque sus tareas eran simbólicas y prácticas: no se mostraba sólo al nuevo Dios, “también se reorganizaban relaciones de producción, se promovía la emergencia de clases sociales, de las élites negras y la disponibilidad de mano de obra controlable” (1991:8).

  Estas reflexiones me parecen útiles para referirme a la relación entre la colonización y el proceso expansionista-globalizador, del que frecuentemente olvidamos su larga historia, carga imperialista e irrefrenable avance: en mi interpretación, el proceso expansionista ha pasado por distintas etapas, entre las que el colonialismo es sólo una; la revolución industrial, la deslocalización de la producción y la actual era de la información, son otras –aunque no las únicas-, que han empujado esa “compactación del cronos y del topos”. Si este proceso continúa, ¿son identificables en la actualidad algunos de sus símbolos y acciones? Sobre este asunto vuelvo más un poco más abajo.

  Me interesa, por ahora, comprender cómo se “impone” este proceso –en comillas,  pues al menos en el espacio latinoamericano sabemos que, en general, no se usa más la cruz y la espada. ¿Suceden estos procesos de una manera en la que los dominados, los colonizados, los de la periferia, los habitantes rurales, los pobres, no tienen opción o posibilidad de responder a los poderosos?

  Los Comaroff arguyen que el colonialismo ha sido un proceso dialéctico de contestación y resistencia, en el que el poder dominante se impone, pero no sin encontrar resistencias. Ante éstas, su paradigma es re-contextualizado y adaptado a la realidad local –ciertamente en un ambiente de desigualdad de fuerzas-. En este proceso, explican, también juegan un rol importante “la hegemonía, la ideología, la cultura y la conciencia”[4] (1991:20).

  La hegemonía “se crea a través del balanceo de fuerzas opuestas, no el cálculo aplastante de la dominación de clases [y se concibe como] aquel orden de signos y prácticas, relaciones y distinciones, imágenes y epistemologías –traídas de un campo cultural históricamente situado- que vienen a ser tomadas como la forma del mundo natural y recibida, y de todo lo que lo habita” (1991:21-23).

  Si bien para los autores estos signos están siempre presentes, no son usados en todo momento. En algunos casos no se hacen evidentes: están “detrás de las líneas visibles”, “flotan libremente” o permanecen atados a visiones del mundo fuertemente integradas. De hecho, “la hegemonía en su forma más efectiva, es muda.” (1991:24) Pareciera (retomo el tema de cuáles serían los símbolos y acciones actuales del proceso expansionista-globalizador) que el concepto de “desarrollo” –la  religión moderna, como lo llama Rist (2002)- es uno de esos términos hegemónicos naturalizados y apropiados; ¿podrían ser otros la lucha contra la pobreza o la libertad?

  Partamos de la idea de los Comaroff que dice que la hegemonía corresponde a campos históricamente situados, con fuerzas y áreas de influencia propias: si nos ubicamos en la actualidad, probablemente coincidamos en que a pesar de su fuerte predominio, la hegemonía no es más eurocéntrica: existen hoy otros centros desde los que se realiza esta expansión económica y cultural. Habría pues, varios hegemones.

  Podríamos agregar también que muchos de esos campos se superponen en el mundo, generando un rozamiento en sus fronteras. Esto sucedería sobre todo en el plano cultural, en tanto en el económico, la hegemonía del capitalismo es mucho más avanzada –si bien complejamente desbalanceada-. Vale destacar, por otro lado –y por fortuna- que la compactación del espacio también desarrolla vehículos que trazan trayectorias insospechadas.[5]

  El proceso de contestación y resistencia supone la existencia de capacidad de agencia de los distintos actores (¿quién resistiría, si no?), vista como “práctica revestida de subjetividad, significado y en un mayor o menor grado, poder. [Ésta] [e]s en breve, motivada” (1991:10). Motivada por una ideología, entendida como “la concepción del mundo, que se manifiesta implícitamente en el arte, el derecho, la actividad económica y en todas las manifestaciones de la vida intelectual y colectiva” (Gramsci 1971:8, en Comaroff y Comaroff 1991)-, sin duda sostenida en una cultura y retroalimentada por la conciencia. 

  Este proceso es hoy muy complejo: además de las hegemonías que debaten en los medios y en los espacios internacionales –argumentación accesible sólo a la sexta parte, o menos, de la población mundial-, en el espacio local, ideologías y prácticas resisten y se enfrentan a las hegemonías dominantes: ¿hacer agricultura orgánica o exportación de alto volumen? ¿Seguir filosofías orientales o europeas? ¿Desarrollo economicista o vuelta a la naturaleza? Analizo el espacio local en el apartado siguiente.

  Pareciera que me he ocupado poco del turismo: he considerado necesario hacer este desvío para mostrar tanto el origen de la hoy llamada “globalización”, como para mostrar mi posición frente a otros conceptos. Lo he considerado importante porque desde mi punto de vista, el turismo no llegó solo.

  La actividad turística acompaña la paz y la prosperidad (Nash 1981). A partir de la emergencia de los vacacionistas y de la posibilidad de aprovechamiento de los recursos económicos que desembolsan, –se trazan los orígenes de la Organización Mundial de Turismo a 1925- existen políticas nacionales e internacionales que lo promueven y  regulan. La que otrora fue una actividad de ocio, se ha convertido, en las políticas actuales, en un motor del desarrollo económico y si bien el turismo se ha modificado en el tiempo –del turismo de masas al especializado; del turismo de sand, sun and sex al turismo alternativo; del turismo explotador al turismo sostenible-, una cosa se mantiene clara: si existe el turismo, es porque hay turistas... y porque hay prestadores de servicio que obtienen (o esperan obtener) ganancias.

  Pese a que en el turismo intervienen otras particularidades muy interesantes como la curiosidad por el otro y el ocio, que no alcanzaría a desarrollar en este texto, debemos convenir que es, en esencia, una actividad económica regida por un modelo capitalista.  Es cierto también que en la actualidad el concepto de sostenibilidad ha traido un debate rico, que intenta dar una forma más balanceada entre lo social, ambiental y económico a la actividad turística, sin embargo el turismo sostenible como concepto aún se encuentra en conformación y no está exento de una amplia cantidad de contradicciones[6], como veremos más adelante. Entramos ahora en el espacio de lo local y su debate.

Turismo y espacio local: contestación y resistencia.

El espacio rural, aunque no tan cosmopolita como el ejemplo con que Lash y Urry (1998) abren su capítulo sobre el turismo[7], está también permeado por múltiples participantes. Sean estos mayormente nacionales o internacionales, los participantes en la actividad –turistas, gobierno local, organizaciones no gubernamentales, organismos multilaterales y prestadores de servicios- provienen de un crisol de espacios y se reúnen –temporal o definitivamente- en esta actividad.

  Para que un sitio rural tenga actividad turística existen, en esencia, dos formas: demanda económica existente por uno o varios productos que motivan la visita: paisaje, artesanía, evento, flora, fauna, sitio arqueológico, construcción, gastronomía,–es decir, un requerimiento del mercado-; o bien que éste sea el resultado de la voluntad política por desarrollar o crear un producto como los listados arriba, para el que se considera existirá demanda.

  Según el caso se acerque más a alguno de los arriba mencionados, el turismo tendrá mayor o menor motivación externa, pero es complejo –si no imposible- encontrar una población en que éste se desarrolle sin algún tipo de influencia foránea: operador turístico, política gubernamental, migrante o poblador viajero de vuelta a casa.

  Mientras la actividad transcurre o se implementa, los involucrados establecen distintas formas de relación con la misma y entre ellos, siempre en busca de la satisfacción de sus fines y conveniencias –económicas, políticas o sociales-. En este proceso, se generan múltiples debates debidos a las distintas prácticas e ideologías de sus participantes, así como a las hegemonías presentes. Polémicas en las que algunos resultan victoriosos y otros perdedores. Dos ejemplos:

  Edward Bruner (2001) cuenta cómo los maasai, en Kenya, han aprendido vivir la dualidad de la teatralidad y la vida rural: en el Sundowner, –un emprendimiento- se recrea el escenario de la película “Out of Africa”. Ahí, los maasai bailan con la gente y sirven cocteles. Lo que para algunos recrea la colonización es comprendido por los  maasai como un juego que hay que aprovechar: “el guerrero maasai se ha vuelto ‘amigable con el turismo’ y [...ahora] juega al indígena por utilidades: como socios, reciben 18% de las utilidades de alojamiento y 19% de las entradas.” (2001:893).

  Jorge Gascón (2005) cuenta por su lado, el caso de las Islas de Taquile, en Perú, donde la actividad turística enfrenta a dos grupos religiosos por el control de los visitantes. Tras veinte años del turismo en la isla y a pesar de los vaivenes y experiencias, los que en la época previa al turismo eran los grupos dominantes, aprovechan hoy la actividad –y la religión- para perpetuarse en el poder. La presencia de organismos externos no ha conseguido gran diferencia. 

  Son múltiples las caras del turismo y el proceso expansionista-globalizador. Lash y Urry nos recuerdan, en ese sentido, que “la globalización [...] no se debe entender como si fuera un proceso simétrico. La diferencia ente los que transmiten y los que reciben [hablan de flujos de información en esa sección] decide, en parte, la estratificación entre poderosos y relativamente débiles” (1998:50).  Y en toda sociedad existen unos y otros.

  El turismo ha servido –y sirve- a la propagación del capitalismo, pero nunca en la línea de frente: antes, comerciantes, iglesia, administradores y otros viajeros, han establecido la estructura sobre la que esta actividad se desarrolla (Cohen 1984). Paradójicamente, éste también ha sido usado por locales para generar, donde ésta no es muy visible, una identidad particular, o reafirmarla cuando está delimitada. Más aún: ha tenido una función importante en la construcción de alteridad que, aunque Comaroff y Comaroff señalen que “el otro es una construcción de una imaginación imperializante” (1991:38), también es empleada por el local para señalar al fuereño, al extraño, al que va de paso.

  Innegable reconocer, por otro lado, que en la constante pauperización de las áreas rurales –causada por la migración de su fuerza laboral y de sus jóvenes, reducida productividad, carencia tecnológica y baja en el precio de sus productos, entre otros-, el turismo permite, en los espacios en que es exitoso, el incremento del capital doméstico[8], con el que el grupo participante puede conseguir movilidad social, si bien dentro de una estructura económica compleja, en la que el ascenso requiere de mucha persistencia y las más de las veces reproduce la desigualdad.  

  Tal vez en la actualidad del turismo el tema más controvertido es el de la aplicación del concepto de sostenibilidad a la actividad en zonas rurales: el turismo sostenible[9] se encuentra con probabilidad en el camino de convertirse en un concepto hegemónico. Si atendemos a la descripción de Comaroff y Comaroff (nota 6), es un término que carga con fuerte ambigüedad, pero que ahora que se intenta delimitar –son múltiples los trabajos que buscan establecer parámetros e indicadores de lo sostenible en el turismo- genera grandes polémicas ante su factibilidad, filosofía que la origina, capacidad de empatar crecimiento con conservación del medio ambiente, o posibilidad real de  valorar ideologías locales.

  Este concepto muestra cómo la imposición de la hegemonía dominante no es un camino libre de contiendas y sí uno en el que el término es re-contextualizado, modificado y re-significado por las ideologías que se enfrentan en el espacio rural, a pesar de mostrarse en las políticas internacionales como el orden establecido –la forma que debe tomar por mostrarse como la estructura histórica o una historia estructurada a la que hacen referencia los Comaroff-.

  En esta argumentación, la práctica social cobra mucho valor pues “[ésta] tiene efectos que a veces rehacen el mundo; no puede ser disuelta únicamente  en los conceptos de cultura o sociedad. Pero no es una “cosa” abstracta” (1991:10). Prácticas sociales, sin duda embebidas de conciencia e ideología que pueden verse en todas las actividades relacionadas con la gestión, planeación y monitoreo del turismo.

  Estas prácticas, que muestran las réplicas de los participantes hacia la actividad, se alimentan de múltiples fuentes: James C. Scott insiste que más allá de la influencia externa –discute la idea de Gramsci de la llegada del cambio desde afuera-, el debate más fuerte es el que se genera al interior del grupo social: en su texto Weapons of the Weak (1985) explica que la contestación surge cuando las clases dominantes incumplen las promesas hechas a las dominadas –porque no todo es dominación violenta: “lo que es (desde arriba) el “acto de dar” es (desde abajo) el “acto de recibir” (Ibid:309)-. En mi visión, dada la dificultad actual de marcar los límites de fuera-adentro, convengo con la idea de una influencia múltiple.

  Pero si el investigador que llega al campo por primera vez espera encontrarse con un foro en el que los participantes estarán debatiendo sobre los beneficios y perjuicios del turismo, puede estar seguro de no encontrar contestación alguna. Scott explica tambíen la necesidad de la lectura “entre líneas” de los encuentros entre dominantes y dominados. En ese sentido, las formas contestatarias del turismo pueden ser muchas: desdeño, transgresión de reglas, incumplimiento de contratos, malos tratos, etc.

Reflexiones finales

“Existen muchas críticas sobre los impactos del turismo y ello nos lleva a suponer que éste ha sido impuesto a las comunidades y no buscado por ellas mismas, sin embargo es muy frecuente que las críticas provengan de los investigadores y no de los pobladores.” (Stronza 2000: 262). ¿Cuáles pobladores? ¿Cuáles investigadores? Probablemente uno de los errores más frecuentes en la investigación sea el de la generalizción. El turismo, como cualquier otra actividad económica en el campo (pesca, agricultura, ganadería) tiene múltiples formas de ejecutarse y por ende, se encuentra en constante debate respecto a sus ventajas y desventajas.

  Negar su origen en la hegemonía del capitalismo sería refutar que su funcionamiento depende de las leyes del mercado, de los flujos de visitantes y de las expensas que éstos realizan: éste ha sido el mayor de los errores de los desarrolladores de la actividad. Aunque sea “sin chimeneas”, es una “industria”[10] que presiona sobre el espacio rural para “desarrollarlo” y alimentar la maquinaria capitalista; no podemos estudiarlo sin analizar las fuerzas que lo impulsan desde el exterior: movilidad, ocio, curiosidad. Aunque ese “exterior” esté localizado en las mismas fronteras del país.

  Referirse a una imposición es extremo: no hay imposición que dure si no implica  aceptación, al menos parcial –o de un sector- del grupo sometido. Me parece que tiene más sentido relacionarlo con el proceso expansivo-globalizador de la civilización, que pasa por distintas etapas –modos de dominación-, y que hoy tiene por herramienta principal el capitalismo –cuya arma es la violencia simbólica, como fue (y subsiste en algunos sitios) la violencia física-. No puede haber cambio sin resistencia.

  En ese proceso en que toda hegemonía enfrenta ideologías opuestas con las que debate, se derivan experiencias para los participantes; en la actualidad, ante la compactación espacio-temporal, nos enfrentamos también a un entrecruzamiento entre hegemonías que lejos de homogenizar, crean un número grande de resistencias. El aprendizaje de los distintos conceptos hegemónicos permite generar armas de resistencia ideológica aplicables en los diferentes espacios, por heterogéneos que estos resultan ser.

  Sin embargo, existe un fuerte desbalance de poder entre los participantes: en tanto el conocimiento es desigual, desigual es su rendimiento. A pesar de que la labor de la investigación no es moralizar sino analizar, se puede constatar que en llamada “sociedad del conocimiento” hay muchos perdedores. Como lo remarcan Lash y Urry:  “¿de qué les sirve la reflexividad a los excluidos?” (1998:421)

  Finalmente, el turismo tiene aspectos culturales y económicos que hasta ahora se debaten por separado. Sin embargo, generar beneficios a una mayor cantidad de participantes y obtener un mayor aprendizaje, requiere de un número de visitantes suficiente, pero no excesivo –el reto en su nivel más complejo- con un poder equilibrado entre sus participantes, en un ámbito de debate plural: una construcción holística, multidisciplinaria. Sin esto, el único resultado posible es el de una actividad económica frustrada que da paso –de igual forma que una mina abandonada, un pueblo fantasma o un galpón olvidado- a un elefante blanco (más) en el espacio rural.


[1] Las estadísticas de la OMT no distinguen entre turistas, viajeros de negocio, académicos, religiosos, e incluso migrantes, lo que desde mi punto de vista falsea el impacto de la actividad económica (ya de por sí amalgamada amorfamente entre transporte aéreo, marítimo, hospedaje, restauración, entretenimiento y otras actividades en las que es muy complejo distinguir claramente al turista). Esta vieja discusión es manejada de forma muy intereante por Thomas Lea Davidson (2005) What are Travel and Tourism? Are they really an industry?, en Global Tourism, UK, 3a Ed. Elsevier. 561pp

[2] Para ilustrar su transformación en el tiempo: los primeros viajes organizados por Cook eran de grupos de abstemios británicos, casi todos habitantes de las mismas poblaciones que decidían trasladar su convivencia fuera de casa, pero que cambiaban poco sus hábitos (Lash y Urry 1998); hoy en día el turismo de masas va en declive y el turista tiene un perfil muy variado.

[3] Me refiero a las denominadas “grandes civilizaciones” (entendidas geográfica, temporal, religiosa o culturalmente), como la fenicia, maya, inca, etc.

[4] Aunque no pretendo establecer en este breve espacio un debate sobre estos cuatro importantes y a la vez complejos conceptos, retomo los conceptos de cultura de Gramsci: “un orden, normas, creencias e instituciones que siendo “reflejadas... en el lenguaje” y siendo también profundamente históricas, expresan una “concepción común del mundo” corporizada en una unidad cultural-social (1971:349, en Comaroff y Comaroff 1991); en cuanto a la conciencia Comaroff y Comaroff (1991) explican que es un espacio de la experiencia humana en que el hombre distingue actos y hechos, pero no los puede ordenar en descripciones narrativas o en concepciones articuladas del mundo, y que sin embargo, es ahí donde se pueden crear los espacios de debate, de contestación (1991:29). Los autores critican a la antropología de haberle prestado poca atención.

  Dado mi interés, argumentado desde el principio, de analizar la influencia de la hegemonía dominante en el proceso de aceptación del turismo en el espacio rural y en todo caso la posibilidad local de negociar sus características o rechazarlo, me enfoco más en los conceptos de hegemonía e ideología.

[5] Como la presencia de imágenes del Ché Guevara en Asia o de personajes japoneses en textiles uruguayos; “la hegemonía nunca es total: siempre está amenazada por la vitalidad que queda en las formas de vida que frustra” (Comaroff y Comaroff 1991:25); la hegemonía, promotora de la libertad, también ha impulsado otras libertades: el Ché o el EZLN son hoy símbolos de contestación frente a la hegemonía dominante.

[6] Vuelvo a Comaroff y Comaroff y su explicación sobre la formación de conceptos hegemónicos: “Existen algunos conceptos que en un momento dado parecen ambiguos, indeterminados y que flotan libremente” que en el momento en que tratan de ser aclarados o delimitados, impulsan tanto el uso del poder como la resistencia que ello puede causar [...] En tanto ese momento se convierte en el mediano plazo y emergen (o se mantienen) prácticas y personas dominantes, su autoridad se expresa en un aparentemente establecido orden de las cosas. [...] [L]o que pudo haber parecido contingente o eventual parece haber sido parte de un patrón regular, una estructura histórica o una historia estructurada.” (1991:18)

[7] “...un mozo francés sirve a un alemán en un viaje de negocios en un restaurant de Nueva York que hace publicidad de su cocina internacional. El viajero se irá en un taxi conducido por un inmigrante paquistaní, hará reparar su calzado en una zapatería propiedad de un emigrado ruso judío, e irá a ver el último musical de Broadway traído directamente desde Londres.”(Lash y Urry 1998:88). Podría adicionarse que en el restaurant el lava platos es mexicano, el cocinero peruano, la cajera una china que estudia su doctorado –con lo que la estratificación social también aparecerá entre nacionalidades- y que el trato del hombre de negocios probablemente tenga que ver con el ensamblaje de autos alemanes en Brasil.

[8] Para Isla, el capital doméstico “el conjunto de recursos, o activos sociales, del que dispone cada hogar” (Isla 2009:180), se conforma por la posición social, los ingresos monetarios y los niveles de educación formal. Una actividad económica adicional como el turismo, puede fortalecer las dos primeras.

[9] Derivado del concepto de desarrollo sostenible: “El que busca satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la habilidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias” (ONU 1987). Para algunos significa “una revaloración de las culturas vernáculas, la necesidad de depender menos de los conocimientos de expertos y más de los intentos de la gente común de construir mundos más humanos, así como cultural y ecológicamente sostenibles” (Escobar 2005:20), mientras otros consideran que “en la interpretación dominante, es una justificación de la continuidad, de hacer durar el desarrollo, sin cuestionarlo” (Rist 2002), lo que muestra su ambigüedad.

[10] Coincido más con la idea de verle como una actividad, o como dice Lea (op. cit) una “reunión de industrias”. En esta frase uso “industria” para jugar con el concepto de “Industria sin chimeneas” tan frecuentemente usado por sus apologistas.

BIBLIOGRAFÍA

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Comaroff J y Comaroff J. 1991 Of Revelation and Revolution –Volume one Christianity, Colonialism and Consciousness in south Africa. The University of Chicago Press

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Gascón, J. 2005. Gringos como en sueños: Diferenciación y conflicto campesinos en los Andes peruanos ante el desarrollo del turismo- Lima, IEP. 332pp.

Isla A. 2009 Los usos políticos de la identidad: criollos, indígenas y Estado. Buenos Aires, Col. Violencia y Cultura Libros de la Araucaria, 296 pp.

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ONU (Organización de Naciones Unidas) 1987. "Report of the World Commission on Environment and Development" (En línea) General Assembly Resolution 42/187, 11 December 1987. Consultado 10 abril 2007 Disponible en http://ringofpeace.org/ environment/brundtland.html

Rist, G.  2002. El desarrollo: historia de una creencia occidental. Ed La Catarata, Madrid, España, 313pp.

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